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Yo sí me he mirado, de Larissa Marangoni

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Sobre la muestra:

Yo si me he mirado
Larissa Marangoni

En buena parte de su producción Marangoni ha venido realizando una investigación -afincada en lenguajes escultóricos- que interpela la vida doméstica y conyugal, haciendo un careo del componente social en torno a los ritos de pareja, y procurando la desmantelación de mitos dentro de las políticas de género imperantes en el campo cultural de su entorno. 

El cuerpo ha sido una referencia constante en su trabajo, y se ha reinterpretado, representado y sugerido de múltiples formas. En su obra se decanta la relación del cuerpo con ciertas estructuras de poder e instrumentos de control, o más en concreto, su estatus, manipulación y conflicto frente a instituciones culturales, políticas y religiosas.

Este último aspecto es el que enmarca decisivamente su producción como parte de una genealogía artística que tiene ya alrededor de tres décadas desde su surgimiento, donde varias generaciones de mujeres han identificado al cuerpo humano como un lugar propicio para explorar y definir su situación. Este largo recorrido, lejos de haber producido un agotamiento del tema, ha permitido ensanchar los lindes del feminismo, increpando su inicial agenda monocultural y primermundista, para incorporar proyectos críticos a nivel mundial que sean específicos a las situaciones que envuelven a la mujer en las llamadas periferias, permitiendo que se pronuncien una multiplicidad de puntos de vista o feminismos de distintos matices, que en sus exploraciones de las "diferencias en común" inherentes a cada contexto se tornan fluidos e inestables, y que desafían además -mediante la invocación de ideas poscoloniales- una pretendida homogeneidad, un consenso o un proyecto activista hegemónico de carácter global.

All the world's a stage.

La obra reciente de Marangoni no tiene características de serie, Yo si me he mirado fue concebida para ser "escenificada", es decir que se elaboró calculando la teatralidad de los personajes que recrea, aludiendo a la vida misma como un mise-en-scène en la cual cada quien actúa un rol al servicio de un orden preestablecido, destruyendo la ilusión de la autodeterminación y el supuesto poder individual de elegir un destino.

Al entrar nos confrontamos a un pequeño ejército de esculturas de erguida presencia -psicoanalíticamente fálicas- como cuerpos coronados por un penacho compuesto de chatarra mecánica y tecnología obsoleta. Algunas de estas piezas emiten ruidos originados por el cinetismo torpe, absurdo o agonizante de los desechos que azarosamente componen su aberrante forma. La hostil y masculina presencia que tienen se encuentra muy alejada de las elegantes y estilizadas obras que la artista elaboró para su serie Jardín cerrado con alcoba al fondo (2005), y por ende intuimos aquí una agenda de intenciones distinta para acompañar esta estética caótica que declara frontalmente un rechazo al agrado formal.

Atravesando el bosque de estos "soldados" se encuentra, en la sala contigua, una gran figura de monstruosa anatomía que domina imponentemente el espacio. De un núcleo configurado por un gran ojo-vagina se extienden diez brazos, una suerte de pulpo robótico que la artista decanta -en clave inquisitiva- de la iconografía asociada a ciertas deidades femeninas, particularmente el interés que ejerce en ella la imagen de Durga. En el hinduismo esta bella e invencible diosa, que representa la energía y creatividad femenina, tiene múltiples brazos que sostienen una serie de armas o atributos.  En la versión de Marangoni la decena de extremidades rematadas en manos de muñeca sostienen únicamente sendos espejos.

El elenco se completa con tres personajes sobre ruedas dispuestos alrededor de la figura central, que bien podrían entenderse como meninas, enanos o eunucos serviciales en esta bizarra corte. Reflejando la cromática con que se esmaltan los brazos del ojo-vagina estos se encuentran igualmente travestidos en vívidos colores: el reconocible fucsia y rosado característicos del mundo de la muñeca Barbie.  Para añadir un tono burlesque al show se los bautiza con los coquetos nombres de Estrella, Bridgit y Kasandra. Sashay! Shante!

¿Quién carga la cruz?

Al comienzo de su carrera la artista estuvo interesada en explorar imaginarios asociados a diversas figuras de la hagiografía cristiana (Narcisa de Jesús, Santa Caterina de Siena, Sor Juana Inés de la Cruz, entre otras) por lo cual podemos entender su interés -en lo simbólico- por el cruce de coordenadas entre la mujer y la religión (como una institución que define modelos a seguir a través de las actitudes de los personajes que heroíza, implícitamente condenando la rebeldía y desviación de cualquier comportamiento alterno), aunque ahora su mirada desborde el dominio cultural del repertorio católico con cuyos referentes nos sentimos más cercanamente identificados.

El todo del conjunto propicia un espiral metafórico que toca tanto lo material como lo espiritual ("el alma, prisión del cuerpo" decía Foucault), el nada inocente poder que conllevan las convenciones de representación en las tradiciones iconográficas de raigambre religioso y su influencia hasta nuestros días, el cuestionamiento de los espacios que ocupan o en los cuales se desenvuelven las esferas de lo "masculino" y lo "femenino" según los dictámenes desprendidos de la cultura de masas, etc.; Yo si me he mirado se podría entender en última instancia una invitación al auto análisis, al auto conocimiento, a una exhaustiva auscultación del pensamiento íntimo (¡10 espejos orientados a los genitales!) que desafíe la sociedad disciplinaria que aún nos atraviesa.

Pero en estas esculturas sigue siendo el cuerpo el campo de análisis por excelencia por lo que se ensayan algunas líneas de interpretación en este sentido: tal vez ahora el cuerpo se define por su servilismo a la parafernalia electrónica o una atracción desmedida a estas innovaciones (ya los medios y el marketing han perfilado esto con el término tecnosexual ) llevándonos a meditar sobre quién domina a quién: ¿el ser humano a la tecnología o viceversa?  El prominente aspecto mecánico, a ratos monstruoso, con que se ha estetizado las esculturas bien podría referir a su vez a los adminículos que se diseñan -como si fueran prótesis- para que las tareas domésticas, maternales y hasta afectivas se desarrollen con suma eficiencia, en teoría mejorando la "calidad" de vida pero a su vez enraizando aún más profundamente los estereotipos que definen los géneros, elevando la barra de las expectativas y castigando con más carga la demanda de imposiciones que se espera -muy especialmente- de la mujer.

Rodolfo Kronfle Chambers
Recinto Finalín, 14 de Abril del 2008

 

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